Hace tiempo que me rondaba la idea de contar con un lugar personal y accesible en el que guardar y atesorar «mis cosas», aquello que he ido escribiendo, como poemas, diarios, relatos o simplemente comentarios sobre películas de cine que me han impactado; libros que he leído y que me han marcado o los que están ahí, en mi librería, pendientes de leer, esperando impacientes a que les llegue el turno. Me enorgullezco de haber heredado de mi padre esa pasión por los libros, y aunque reconozco que nunca llegaré a leer todos los que he ido coleccionando, me gusta pensar, como él mismo hacía, en la idea de conseguirlo.
También me interesaba reunir en ese mismo sitio, todo lo que voy pintando a la acuarela. Los momentos que dedico a pintar, consigo relajarme y abstraerme, y comprendo lo que sentiría mi madre, cada vez que cogía los pinceles y pintaba al óleo durante horas. Era cuando la veíamos más absorta y feliz disfrutando con esa gran afición.
La fotografía es otra de esas cosas dignas de guardar en este espacio. Fotografías que llevan grabado el recuerdo del momento en el que se hicieron. Los mejores recuerdos vienen a nuestra memoria con las mejores imágenes.
Poner orden a todo lo que vamos acumulando, ya es en sí un reto interesante. Inicio esta etapa con curiosidad por aprender y colocar en mi «alhacena de la memoria» aquellas cosas que creo debo guardar para encontrarlas fácilmente cuando las necesite o quiera volver a recordarlas. Esta web consta de una parte pública y compartida que es la que estás leyendo ahora, y otra privada para mi uso personal.
Cuando empecé a darle forma a este proyecto recordé, de pronto, la planta baja de mi abuela, en cuyo comedor había una alhacena empotrada en la pared a cada lado de la chimenea. Recuerdo que eran dos alhacenas con puertas de madera y cristal, y con puntillas en el borde de los estantes, y que para mi mente infantil de entonces, contenían multitud de riquezas apetecibles como el chocolate de barra, los mantecados o las galletas surtidas en cajas metálicas de colores.
¡Ése tenía que ser el nombre!
En una alhacena, como las de mi abuela, pero digital, guardaría mi propia memoria.
Me llamo Inmaculada Marcos Martínez y estás ante uno de mis retos ilusionantes.



